Lo que no vemos detrás de la purga de Erdogan: desenfoques occidentales

Para muchos en Turquía, el público occidental no entiende el peligro que la comunidad Gülen representa. Las críticas a Erdogan y a sus desproporcionadas purgas no dejan ver la realidad que puede haber detrás. La comunidad Gülen ha sido vista durante años como una amenaza a la democracia turca, primero por la oposición y más tarde por el propio gobierno. Ahora, tras el intento de golpe de julio de 2016, parece que la opinión occidental aún se resiste a considerar la versión más aceptada en Turquía.


Autor: Miguel Moreno


Turquía es un país complejo. Del fútbol a la política, de su historia más remota a su historia más reciente, siempre hay un buen número de ‘peros’ y versiones alternativas que guardan algo de verdad en cada una. A nivel periodístico resulta imposible encontrar artículos que no destilen algo de las opiniones o experiencias quien informa, o que no tengan que simplificar ciertos puntos para facilitar la comprensión de la complicada situación que el país atraviesa. Esto es normal e inevitable hasta cierto punto. Pero las sobresimplificaciones que están manifestando los medios occidentales desde el intento del golpe del 15 de julio dan pie a malinterpretaciones y conclusiones precipitadas para los lectores no familiarizados con Turquía y su complejidad.

Erdogan es un personaje poco agradable a los ojos de cualquier demócrata, con tendencias autoritarias y poca tolerancia a las críticas. Pero todo lo criticable que Erdogan pueda tener no da razones para ignorar lo que ha ocurrido en Turquía. Una facción de las fuerzas armadas intentó alzarse de forma violenta contra el orden democrático, quizá creyendo que el desagrado hacia Erdogan de gran parte de la opinión pública occidental y de casi la mitad de la propia población turca sería suficiente para justificar esa acción. Y esto ha sido parcialmente cierto, al menos en lo que se refiere a la percepción occidental del golpe. Pero hay motivos que explican la casi total oposición al golpe en Turquía, incluso por parte de los sectores más laicistas y opuestos a Erdogan. En general, existe consenso en Turquía sobre la presunta implicación de seguidores de Fetullah Gülen en el fallido golpe de estado. La polarización ideológica en el país es obvia, pero la aparente confirmación de que Gülen se encuentra detrás de la intentona parece haber dado un motivo para dejar de lado temporalmante las divisiones entre los campos islamista/pro-Erdogan y laicista en los que, a grandes rasgos, se divide la sociedad turca actualmente. Esto choca con la percepción, común en muchos observadores occidentales, de que las acusaciones al clérigo Gülen no son más que una tapadera para llevar a cabo una purga integral de opositores en todas las instituciones del Estado. La detención o arresto de unas 60.000 personas durante las semanas posteriores al golpe es visto, no sin razón, como una reacción desproporcionada si lo que se persigue es castigar a los perpetradores de la intentona, y más cuando muchos de los detenidos son funcionarios de la administración o profesores sin relación alguna con el ejército.

Si bien han habido objeciones a distintos niveles tanto dentro como fuera del país, es curioso que las críticas más duras a las represalias del gobierno hayan venido de Europa y EEUU, no de la oposición turca más encarnizadamente opuesta a las medidas represoras de Erdogan. Quizá esto se deba a que “Occidente” no ha sido capaz de entender los riesgos de la infiltración de la comunidad gülenista en las instituciones del Estado, a pesar de que los sectores tradicionalmente denominados kemalistas han venido alertando de ello durante años. Para estos sectores, los argumentos de Erdogan contra esta comunidad están basados en la realidad, por desmesuradas que sean las represalias. Que Erdogan esté aprovechando para hacer limpieza es otra cuestión. Al mismo tiempo, las acusaciones contra Gülen parecen no tener justifiación alguna para aquellos que no prestaron atención durante años al ascenso de la comunidad. Pero lo cierto es que este grupo es sospechoso de haber jugado una parte esencial en las acusaciones infundadas a altos cargos del ejército turco ligadas a la investigacion de la trama golpista Balyoz en 2011, que llevó a muchos de ellos a prisión con pruebas demostrablemente falsas, y por lo cual fueron absueltos en 2015 tras el cisma entre Erdogan y Gülen. Años después, se ha podido comprobar cómo muchos de los militares que ascendieron posiciones como consecuencia del vacío dejado por aquellos militares encarcelados han resultado ser los mismos autores del golpe de julio de 2016. De confirmarse todo ello, habrían utilizado el miedo a un posible golpe militar para deshacerse de adversarios en su toma de influencia en las instituciones estatales, para paradójicamente terminar dando ellos mismos un golpe militar real.

Para muchos en Turquía, el público occidental no entiende el peligro que la comunidad Gülen representa. Que esté en contra de Erdogan no debería darle el privilegio de no ser cuestionada o de verla como una simple victima más del gobierno. La defensa de una democracia de calidad en Turquía es un deber para quienquiera que se considere demócrata. Ello incluye la oposición a los abusos de la democracia no liberal y autoritaria de Erdogan, conocida entre otras cosas por no respetar los derechos de todo tipo de minorías o por restringir la libertad de prensa persiguiendo a periodistas incómodos para el gobierno. Pero también incluye la oposición a la infiltración de grupos como los seguidores de Gülen, pues, por muy “moderados” y convenientes que sean para los intereses de las democracias occidentales, no persiguen sus objetivos de forma democrática de demostrarse cierta su implicación en el golpe, en la manipulación de pruebas para eliminar adversarios políticos o en la corrupción del sistema judicial. Los errores de Erdogan no garantizan que todo el que se le oponga vaya a ser mejor, y menos con el turbio historial de los llamados gülenistas.

Sea como sea, la verdadera víctima del golpe y la lucha de poderes es la democracia turca. El AKP alabado por los gobiernos demócratas occidentales hace una década está desapareciendo. Las facciones más liberales ya no llevan las riendas del partido, Erdogan se ha vuelto inaceptablemente autoritario y Gülen, cercano aliado al partido hasta 2013, habría rechazado utilizar herramientas democráticas de confirmarse su relación con los golpistas. Al mismo tiempo, los demócratas, progresistas y liberales turcos parecen estar huérfanos de partido. El AKP está totalmente bajo el control de Erdogan, el CHP -socialdemócrata y principal partido de la oposición- no tiene fuerza ni respaldo suficiente para plantar cara al gobierno, la tendencia dominante del MHP -tercera fuerza- sigue siendo tremendamente intolerante y ultranacionalista, y el HDP se sitúa demasiado a la izquierda para la mayoría de la sociedad turca, además de que su cercanía y supuestos vínculos con el PKK todavía impide su acercamiento a muchos izquierdistas turcos, aunque es capaz de atraer más votos que partidos predecesores centrados exclusivamente en la cuestión kurda. Ante esta situación queda prestar atención a la aparición de alternativas al liderazgo dentro del CHP y del MHP, y ver qué rumbo tomaría el AKP si por cualquier motivo Erdogan dejara de liderarlo.

De momento, sólo un cambio de actitud de Erdogan beneficiará a la sociedad turca, si renuncia a su autoritarismo característico y a la acumulación de poder en un sistema presidencialista como el que pretende, y si demuestra que verdaderamente cree en la reconciliación entre los diversos sectores políticos (al menos con el CHP y el MHP). Existe la posibilidad real de que las manifestaciones de unidad entre partidos mostradas tras el golpe sean tan sólo una estrategia de imagen para justificar su purga, pero Erdogan ha tenido gestos positivos a favor del entendimiento durante las últimas semanas. Por otra parte, el gobierno también debe tener presente que la simple pertenencia o simpatía por la comunidad Gülen no es prueba de implicación o apoyo al golpe de julio. La comunidad es muy amplia y alberga miembros con distintos puntos de vista, incluyendo a verdaderos demócratas y defensores de ideas progresistas que aportan muchos valores positivos a la sociedad turca. La denominación que el gobierno turco ha empezado a utilizar para referirse a la comunidad (FETÖ – Fetullahçı Terör Örgütü,“Organización Terrorista Fetullahista”) es sin duda injusta para muchos de ellos. Se requiere una investigación calmada y en profundidad sobre las malas prácticas y el abuso de posiciones de influencia para avanzar una agenda antidemocrática con tal de llegar a tener sentencias judiciales justificadas sobre los acusados que tengan vínculos demostrables con el golpe o con cualquier forma de cambiar el régimen mediante métodos no democráticos, sin dejarse llevar por el tradicional revanchismo político turco.