Golpe de Estado en Turquía, golpe de suerte para Erdogan

El mayor desafío a la Turquía de Erdogan puede convertirse, paradójicamente, en el mayor regalo a Erdogan. Tras el fallido golpe de estado, las divisiones dentro de Turquía ya son más que obvias, como también són evidentes las tendencias dictatoriales de Erdogan. Pero lo cierto es que el presidente turco y su partido han sido votados durante 14 años por una mayoría que, a pesar de los años y de su deriva autoritaria, aún lo apoya – parece que hoy más que nunca, con muchos de sus partidarios saliendo a la calle para detener en masa a los golpistas.


Autor: Miguel Moreno


La noche del 15 al 16 de julio ha producido imágenes que se creían irrepetibles en la Turquía moderna: tanques y helicópteros militares sobre las calles de Estambul y Ankara, soldados cortando los puentes sobre el Bósforo y aviones de combate haciendo demostraciones de fuerza en los cielos de la capital. Antes de la medianoche, el Primer Ministro turco Binali Yilidirim hacía oficial que se estaba produciendo un intento de golpe de estado por parte de una facción rebelde dentro del ejército.

Pero lo que iba camino de convertirse en el quinto golpe de estado en la historia de la República de Turquía fue frenado durante la madrugada por miles de ciudadanos que respondían al llamamiento del presidente Recep Tayyip Erdogan. Un llamamiento peculiar, hecho a través del smartphone de una presentadora de CNN Türk que hacía lo que podía por mostrarlo a cámara mientras elementos golpistas se hacían con el control de la televisión estatal turca TRT. La paralización de las dos principales ciudades del país, la toma de los medios de comunicación estatales, y la desordenada imagen de Erdogan en la pequeña pantalla del teléfono exhortando a que sus seguidores tomaran las calles, sin duda un recurso desesperado, hacían pensar que el golpe estaba teniendo éxito.

Sin embargo, lo que sucedió a continuación ha puesto de manifiesto lo que ha cambiado en Turquía respecto a los cuatro golpes de estado producidos desde 1960: la palabra del líder ha bastado para que sus seguidores perdieran el miedo (y el respeto) al gigante militar turco. Las calles, que llegaron a quedar desiertas, se fueron llenando de hombres portando banderas turcas que increpaban a los jóvenes soldados, muchos de los cuales no parecían entender por qué estaban desplegados. Los altavoces de las mezquitas llamaban al pueblo a resistirse al golpe y a defender su democracia, algo indicativo del marcado papel de la religión en la nueva mentalidad turca. Hombres desarmados estaban saliendo a recuperar las calles al grito de ‘Allahu ekber’, exponiendo su vida ante tanques y soldados, simplemente porque Erdogan lo estaba pidiendo. Pasadas menos de 8 horas tras los primeros movimientos, la situación del país volvía a estar totalmente bajo control del gobierno. La imagen de Erdogan se ha visto tremendamente reforzada al haber sido capaz de hacer que el apoyo que él y su partido AKP reciben regularmente en las urnas desde hace más de 13 años se tradujera en apoyo real en las calles y ante el adversario histórico del islamismo político turco: el ejército, tradicional garante del laicismo y del kemalismo, ideología fundacional de la República. Si algo le faltaba a Erdogan para situarse a la altura de los grandes políticos de tendencia islamista del pasado, como Adnan Menderes o Necmettin Erbakan, era el ser víctima de un golpe militar. Con la diferencia de que, a diferencia de ellos, Erdogan ha salido victorioso. Sin ninguna duda, el presidente turco se está cubriendo de gloria a los ojos de la mayoría conservadora del país.

Según el comunicado emitido por los militares golpistas durante la madrugada, la intervención se estaba produciendo en nombre de la democracia y los derechos humanos, en defensa de la constitución y en contra de la corrupción. La defensa de los valores constitucionales de Turquía incluye la protección de la identidad laica del Estado. La importancia del choque de ideologías entre laicistas e islamistas es un factor presente en todos los golpes vividos en Turquía, aunque en el caso de éste último intento parece que la situación geoestratégica de la región ha tenido un peso aún más importante. En todo caso, los acontecimientos de la región, principalmente la situación en Siria e Irak, no dejan de estar atravesados por la misma peligrosa mentalidad de choque entre laicistas e islamistas. También es destacable el tono del comunicado de los golpistas que da a entender que su objetivo es similar al de los “clásicos” golpes de estado turcos: se limitarían a tomar el poder y establecer las bases para la creación de un nuevo gobierno, sin que el ejército llegara a establecerse indefinidamente en el poder.

La lucha contra la gran influencia el ejército ha sido uno de los principales focos de atención del AKP desde su llegada al poder en 2002. Si desde los años 60 ningún gobierno podía salirse de los límites marcados por el ejército, la promesa de democratización del AKP y el apoyo recibido por las democracias occidentales fueron facilitando los intentos por someter a las fuerzas armadas al poder civil, algo propio de la democracia liberal a la que en ese momento Turquía aspiraba a ser. Que Turquía fuera considerada como un igual por el resto de países europeos era el gran sueño de Atatürk y el de sus seguidores, empezando por los generales. Las fuerzas armadas, por poco que les gustase ver a un islamista como Erdogan a la cabeza del gobierno, veían durante la decada de los 2000 que éste estaba llevando a Turquía a formar parte de la Unión Europea, y que la Unión Europea era totalmente contraria a cualquier tipo de interferencia militar en el gobierno civil. A pesar de que las tensiones siguieron existiendo, con pronunciamientos y objeciones militares al gobierno hasta 2007, Erdogan fue capaz de poco a poco situar a responsables más respetuosos con las instituciones democráticas en los puestos más relevantes de la cúpula militar. Además, la supuesta conspiración contra el gobierno de los seguidores de Fethullah Gülen, líder religioso socio de Erdogan hasta 2013 y opuesto a él desde entonces, ha provocado purgas de opositores en varias instituciones influyentes, incluyendo en el ejército. Pero las purgas producidas hasta ahora no parecen haber sido suficiente. Desde el primer momento del alzamiento, el gobierno ha señalado a partidarios de Gülen dentro del ejército como responsables del intento de golpe de estado, y Erdogan ya ha anunciado mano dura y “limpieza”, refiriéndose a la intentona como un “regalo de Dios” que le permitirá acabar con los opositores restantes en el ejército. Desde que en 2013 saltara por los aires la alianza Erdogan-Gülen, la extensísima red de contactos y organizaciones de éste último ha sido calificada de organización terrorista por el gobierno y acusada de estar detrás de cualquier intento de derrocar al gobierno – ya sea sacando a la luz escándalos de corrupción, utilizando su influencia sobre el sistema judicial o, en este caso, utilizando a parte del ejército para levantarse contra el régimen de Erdogan. En la mañana del sábado los principales medios turcos se referían al golpe del mismo modo que el gobierno, llamándolo “golpe gülenista”, sin dar más explicaciones.

Lo que es evidente es que, tras casi 14 años de gobierno del AKP, el ejército turco de 2016 ya no es la institución kemalista que solía ser, ciegamente opuesta al control islamista del gobierno. Durante los últimos años, nadie podía imaginar una intervención militar contra el gobierno después de los esfuerzos por mantener al ejército en los cuarteles. Tan sólo en los últimos meses Erdogan se ha referido en alguna ocasión a la recuperación de influencia por parte de los militares, pero recurrir a los viejos miedos y a supuestas amenazas contra el gobierno es una costumbre de Erdogan para justificar sus acciones, por lo que una intervención armada se seguía viendo como algo muy improbable. Los mandos que han puesto en marcha este intento de golpe de estado ciertamente no forman parte de la cúpula militar en su conjunto. Pero su fracaso no tiene que ver sólo con esto (el eficaz golpe de 1960 tampoco fue protagonizado por los altos mandos), sino también con la falta de apoyos a la rebelión en todos los niveles del estamento militar.

La forma en que se ha desarrollado el intento de golpe ha sido sorprendentemente poco contundente en comparación con los producidos anteriormente en Turquía – ha tardado en hacerse con objetivos clave y no se han producido detenciones de cargos políticos, algo que puede evidenciar una falta de fuerza y apoyos desde un primer momento. Los golpistas, aunque han entrado en las sedes de varios medios de comunicación, sólo han podido tomar temporalmente el control de la emisora estatal TRT. El intento inicial de desarmar a la policía, un organismo totalmente leal a Erdogan, no se ha llegado a cumplir totalmente, y de hecho las fuerzas especiales de la policía y del ministerio del interior han sido el principal obstáculo armado de los golpistas, con acciones efectivas para frenar su avance, para retomar el control de instalaciones y para llevar a cabo detenciones de elementos rebeldes. A primera hora del sábado se anunciaba el arresto de unos 1500 supuestos participantes del golpe, incluyendo a cinco generales y 29 coroneles. La cifra de muertos -aún sin confirmar- se acerca a 200, la mayoría a consecuencia del alargamiento de la situación y progresiva pérdida de iniciativa de los golpistas que ha permitido responder a las fuerzas leales al gobierno.

Las reacciones políticas y de la sociedad civil dentro del país han sido unánimemente a favor del mantenimiento del orden democrático. Todos los partidos de la oposición con representación parlamentaria se han pronunciado en contra del golpe, incluyendo al laicista CHP y al ultranacionalista MHP. Incluso antiguos miembros del gobierno ahora críticos con Erdogan, como el ex-presidente Abdullah Gül o el ex-primer ministro Ahmet Davutoglu, han mostrado enérgicamente su rechazo al intento de derrocar al gobierno. La oposición kurda también se ha manifestado en contra de todo tipo de intervención militar contra el gobierno elegido democráticamente, recordando los daños que los anteriores golpes militares provocaron a la comunidad kurda.

Las reacciones internacionales durante la noche han sido interesantes, no tanto por su previsible contenido apoyando al gobierno elegido democráticamente, sino por sus tiempos. Las primeras reacciones de EEUU, la Unión Europea y Rusia han sido muy precavidas, anunciando que seguían la situación, y sólo cuando el fracaso del golpe era evidente se han empezado a emitir comunicados condenando las acciones del ejército (EEUU, UE). Es interesante recordar las recientes visitas del presidente estadounidense Barack Obama a miembros europeos de la OTAN sólo unos días antes, así como las maniobras de la OTAN en el país el mes anterior, con el ejército turco como anfitrión. También queda por ver la relación, si la hay, del intento de golpe con los importantes cambios en la política exterior turca buscando subsanar las maltrechas relaciones con Rusia, Israel, el gobierno golpista de Egipto e incluso con las autoridades gubernamentales en Síria. Es representativo, de ser ciertos los rumores, que se presenciaran celebraciones en la zona de Damasco controlada por el gobierno de Assad cuando el golpe parecía estar desarrollándose con rapidez en su fase inicial.

Sin que hayan transcurrido siquiera 24 horas tras el golpe, las redes sociales turcas están llenas de supuestas teorías sobre las motivaciones y la organización del intento de golpe. Una de las pocas certezas es que la imagen de Erdogan va a salir enormemente reforzada, de cara tanto al interior como al exterior. Esto provoca que aparezcan opiniones afirmando que, por la aparente debilidad del golpe, todo ha sido una maniobra calculada para aumentar la popularidad del presidente y justificar futuras acciones, como nuevas purgas o un nuevo empuje por conseguir su ansiado sistema presidencialista. También es cierto que la reacción de los partidarios del gobierno en las calles ha sido rápida y decidida, por lo que la aparente falta de contundencia de los golpistas se podría deber a que los militares que estuvieran esperando a sumarse al golpe hayan decidido permanecer en los cuarteles al percatarse de la resistencia de la población.

A la espera de ver qué ocurre a continuación, el mayor desafío a la Turquía de Erdogan puede convertirse precisamente en el mayor regalo a Erdogan. Ésta muestra de rebelión militar puede paradójicamente acabar siendo la prueba definitiva de que el gobierno ha domado al ejército. El proceso que ha llevado a ello no ha seguido un único camino: es una suma de las purgas, primero anti-kemalistas y luego anti-gülenistas, del intento de acercamiento a los estándares democráticos en las relaciones politico-militares en Turquía y del simple cambio generacional en los mandos del ejército, menos convencidos de su rol como garantes del laicismo, entre otros factores. Si bien sobre el papel todos los partidos y grupos de la sociedad civil parecen unidos en contra del golpe, una de las consecuencias más claras será la consolidación de la extrema polarización que vive el país. En lugar de aprovechar la momentánea unión de la sociedad en contra del alzamiento militar para lograr puntos de acuerdo e intentar un acercamiento a los grupos más alejados de su gobierno, es más que probable que Erdogan inicie una nueva caza de brujas con el apoyo de sus seguidores más acérrimos, es decir, de la mayoría de la sociedad. Dependiendo de la reacción del gobierno, puede ser el principio de una fase de mayor incertidumbre interna, o el principio de una fase con aún mayores niveles de autoritarismo.